En el segundo en que hundí mis mejillas alrededor de su polla, Dominic soltó un siseo como si nunca hubiera escuchado nada más excitante en mi vida. Sus dedos se tensaron en mi pelo, guiándome más profundo, dándome estocadas lentas y deliberadas que me hacían tener arcadas, babear y gemir sobre él como una pequeña zorra desesperada.
—Eso es, princesa, ahógate con la polla de Papi. Siente el sabor de tu propio coño sobre mí.
Lo hice, rodeándolo con la lengua, con la saliva goteando por mi barbil