Desperté con la luz del sol entrando a raudales por los ventanales del suelo al techo y el aroma a café recién hecho. Sin cuerdas, sin cruz, sin juguetes vibradores, solo sábanas blancas y crujientes enredadas alrededor de mis piernas y el dolor sordo y delicioso entre mis muslos que me recordaba que todo lo de anoche había sucedido de verdad.
Él ya estaba despierto, apoyado contra la isla de la cocina solo con unos pantalones de chándal grises bajos en las caderas, el cabello revuelto y ligera