Mis tacones resonaban demasiado fuerte en el repentino silencio, cada paso hacía eco como un disparo. El aire fresco entraba desde el túnel, provocándome escalofríos en los muslos donde sus dedos habían dejado rastros húmedos que se secaban rápido. Mi tanga era un trozo de encaje arruinado, completamente empapado y pegado a los labios hinchados de mi coño; cada roce de la tela enviaba chispas de deseo por mi columna.
Debería haber seguido caminando, debería haber subido las escaleras, haber par