Adrián Di'Marco.
La pregunta de Elizabeth cayó como una bomba, destrozando los pocos segundos de calma que habíamos encontrado y provocando que la angustia resurgiera dentro de nosotros en oleadas incontrolables.
El vestíbulo de la mansión, que hacía apenas un momento se había llenado de abrazos y risas, se sumió en un silencio tan profundo que podía escuchar el tic tac del reloj antiguo en el pasillo. El eco de las palabras de Elizabeth se disipaba lentamente, pero su peso seguía flotando en