Adrián Di'Marco.
Cruzamos el umbral y sentí el peso de cada mirada como una daga clavándose en la nuca.
No era paranoia. Era instinto. El mismo que me había mantenido con vida durante años en un mundo donde la confianza era un lujo que pocos podían permitirse. Y ahora, aquí, en esta fortaleza perdida en medio del desierto, rodeado de los lobos que habían reclamado a mi esposa como suya, ese instinto me gritaba que me preparara para el ataque.
Pero no iba a doblegarme. No aquí. No delante de ell