45. El santuario de los cuerpos despiertos.
No es con palabras, ni con promesas tan frágiles que puedan romperse al primer roce, ni siquiera con miradas que pretendan contener lo incontenible; es con hambre, un hambre que llevo retenida desde que la energía del niño nos separa, un hambre de piel y de deseo, sí, pero también de algo más hondo, algo que no sé nombrar del todo, que acaso se parezca a la comprensión, al abandono o tal vez a esa forma oscura del reconocimiento que ocurre cuando dos seres se saben ligados más allá de todo nomb