Kentin se acercó y me beso los labios. Era tan seductor y erótico como la primera vez que nos habíamos besamos, de camino a Edimburgo y a dos mil pies de altura. Los dedos me temblaron y un poco de chocolate caliente cayó en su pantalón, haciendo que salte de la cama de inmediato.
—¡Ay! —exclamó con dolor. Al parecer el chocolate lo había quemado. Yo ahogué un grito y me tapé la boca con la mano.
—¡Lo siento! —exclamé, ¡pero que tonta eres, Annie! ¡estás a punto de tener un encuentro romántico