Bajé a desayunar alegremente y vi a Kentin hablando con los chicos, se lo notaba avergonzado y cohibido y nuestros amigos parecían algo molestos.
—¡Buenos días! —saludé dejando una estela de arcoíris a mis espaldas.
—Y hablando de Roma... —dijo Chester mirándome, Kentin rio nervioso.
—¿Estaban hablando de mí? —pregunté.
—No, no es... —empezó Kentin pero Chester lo detuvo en seco.
—Veo que no vas a decirle nada así que se lo diré yo —masculló Chester de mala gana. Se acercó a mí y me miró con un