A medida que iba tomando noción de las consecuencias que podría tener la petición, casi exigencia, que su padre le había impuesto, Aitana iba montando en cólera. Un halo de impotencia comenzó a invadirla mientras conducía hacia su academia de baile. La lluvia de ese día complicaba el tránsito, extendiendo el tiempo de su angustiosa meditación, haciendo crecer su ansiedad a pasos agigantados. Sus manos temblaban sobre el volante del auto, y el nudo en el estómago era tal que le provocaba náuseas