Estábamos en su hotel, no lejos de dónde se hallaba el mío, en su habitación de hotel, sentados en la cama, mientras le curaba la herida de la mano, provocada por el puñetazo que le había pegado a Rashid.
No debiste pegarle – le dije, sin mirarle aún, poniendo un poco de yodo con un algodón sobre su herida – no quiero que tengas problemas con Charles por mi culpa.