Sofía sonrió con gran tristeza, levantó la cabeza para mirar a Simón, y las grandes lágrimas no dejaron de caer.
Las huellas de lágrimas en su rostro sonreído eran como una verdadera rosa marchita a punto de deshojarse, floreciendo con toda su fuerza en sus últimos momentos de vida.
Simón le secó con cariño las lágrimas y sonrió: —Ven conmigo, siempre he querido decirte algo.
Simón tomó a Sofía de la mano y volvieron al estrado, frente a todos.
En ese momento, Azucena gritó frenética: —¿Quién e