Simón sonrió cortésmente, pero Olegario mantuvo un rostro imperturbable, frunciendo levemente el ceño, dijo: —Eres el señor Simón, ¿verdad? ¿Sabías que la señorita Daniela es la prometida del joven Díaz?
Simón respondió indiferente: —Realmente no lo sabía.
Olegario frunció el ceño y le advirtió: —Ahora lo sabes. Vete inmediatamente, o de lo contrario, morirás miserablemente.
Mientras hablaba, dos hombres de negro aparecieron sigilosamente a su lado, observando fijamente a Simón.
Simón los miró d