En ese instante, Simón casi había llevado sus fuerzas al límite absoluto. El dolor en su brazo derecho le recordaba que el desgaste era colosal y que no podría sostenerse por mucho tiempo más. Observó cómo las huellas sobre el mar de arena cambiaban de dirección.
—¡Luz del Dios Dragón!
Simón, con los ojos resplandecientes, lanzó un poderoso puñetazo directamente hacia el abdomen de Pelayo.
—¡Graaaargh!
El dragón dorado rugió con furia y salió disparado desde el brazo de Simón. Al mismo tiempo, l