En ese instante, Simón, liberando toda su energía espiritual, empuñó una afilada espada de relámpagos en su mano derecha y comenzó a avanzar paso a paso hacia Pelayo. Con una voz fría y decisiva, declaró: —Pelayo, ha llegado tu final.
—¡Ja, ja, ja!
De repente, Pelayo soltó una carcajada y, mirando a Simón, dijo: —Sabía que todos ustedes me trataban como un pobre perro, creyendo que podían ordenarme a su antojo. ¿Pensaron que no estaría preparado? Desde hace tiempo, he guardado la más preciada de