En ese momento, Simón, disfrazado como Valentín, estaba allí, sin mostrar el más mínimo signo de evasión.
—Maldito… si es así, entonces prepárate para morir, — escupió Pelayo con rabia.
Pelayo retiró el cuello y, sin dudar, aceleró el auto directo hacia Simón. Como asesino, Pelayo ya cargaba con una larga lista de muertes; una más no haría ninguna diferencia. Al fin y al cabo, el desierto los rodeaba, y allí no habría entonces testigos de sus actos.
—¡Brruum!
Pelayo presionó el acelerador a fond