—Está bien—, dijo Isolde con lágrimas en los ojos. —Mientras no le hagas daño a mi madre, haré lo que me pidas.
El hombre enmascarado presionó con fuerza la daga contra la espalda de Isolde, obligándola a caminar hacia la salida. Justo al llegar a la puerta, Isolde hizo un rápido movimiento para escapar. El hombre enmascarado se dio cuenta demasiado tarde y, en un impulso desesperado, lanzó la daga directo hacia ella.
En ese momento, una patada veloz golpeó la mano del hombre enmascarado, hacien