Sin embargo, en el fondo de los ojos de Baelor siempre había una calma casi inquebrantable, una seguridad que apenas variaba.
Pelayo observó con detenimiento la actitud de Baelor y no pudo evitar sentir un fuerte rechazo. Reprimiendo su enojo, comentó: —La última vez que nos vimos, también me mirabas de la misma forma. Han pasado casi cinco años, y parece que aún sigues sin cambiar.
Baelor, con una sonrisa ladeada, señaló primero a Pelayo y luego a sí mismo. —Señor Pelayo, un soldado que no aspi