—¡Hola, Simón! —dijo Mireya con una sonrisa muy cordial.
—Gracias por sacar a mi hija de la cárcel. Este es mi número de teléfono. Si alguna vez quieres explorar Sombraqua, estaré encantada de ser tu guía —añadió coquetamente, guiñándole un ojo mientras le pasaba una tarjeta con su contacto.
Durante la cena, Mireya hizo un gesto con una mezcla de confianza y seducción a la vez. Todos en la mesa se dieron cuenta al instante que Mireya veía a Simón como un hombre adinerado y potencialmente fácil d