Teófilo suspiró profundamente y se acercó a Simón, inclinándose en una reverencia muy profunda.
Uriel, a punto de desmoronarse, también hizo un gran esfuerzo por acercarse a Simón y se inclinó temblando de miedo.
Xacobe, desde una distancia prudente, igualmente se inclinó en una gran reverencia.
Los cuatro se inclinaron noventa grados, sin atreverse a enderezarse ni a levantar siquiera la vista para mirar a Simón.
Simón gruñó con frialdad, se sentó en una silla que arrastró hacia sí, encendió un