Simón se enfureció demasiado y empujó a Casilda al suelo, preparándose para enseñarle una severa lección a la joven insolente.
Pero en ese preciso momento, la puerta fue empujada abierta y Damiana entró corriendo a toda prisa.
—Su Majestad, ¿ha regresado usted? — Damiana jadeaba, su pecho subiendo y bajando aún con más fuerza como si acabara de correr cien metros.
Simón se sintió de inmediato avergonzado y empujó con fuerza a Casilda, diciendo: —Acabo de regresar. ¿Qué ocurre, Damiana?
—Tengo en