Simón hizo un ligero gesto con la mano y el Anillo del Fuego Divino apareció de inmediato en su palma.
Simón observó detenidamente el anillo, cubierto de inscripciones brillantes, con un inmenso brillo que indicaba que no era cosa común.
Ya había sentido personalmente el poder de este artefacto de manera definitiva, esto era realmente extraordinario.
Si no fuera por el respaldo del Altar del Dragón Divino y su respectivo as bajo la manga, quizás no sería rival para Adalberto, el poseedor de este