Los demás ya estaban tirados en el suelo, sufriendo y gimiendo aterradoramente, sin poder hablar. En ese momento, todos sabían muy bien que habían sido engañados por Romualdo. Y su única esperanza de supervivencia residía solo en Simón.
Simón soltó una risa muy sarcástica y dijo: —Romualdo, entonces prepárate para otra.
La lanza de bronce giraba y danzaba con gran agilidad en sus manos, luego apuntó directo hacia el cielo. Toda la fuerza dentro de Simón estalló al instante, y la lanza se encendi