Ahí estábamos nosotros de nuevo. Clase ejecutiva, butacas lado a lado, manos entrelazadas sobre el apoyabrazos. La única diferencia era que ahora usaba una alianza dorada que brillaba suavemente bajo la luz de la cabina, y el hombre a mi lado ya no era un extraño atractivo que acababa de conocer —era mi esposo.
Algunos meses atrás, en esta misma posición, jamás podría haber predicho que estaría casada con el hombre que se sentó a mi lado en una butaca de avión. Y ahora, ahí estábamos nosotros,