Ahí estábamos nosotros de nuevo. Clase ejecutiva, butacas lado a lado, manos entrelazadas sobre el apoyabrazos. La única diferencia era que ahora usaba una alianza dorada que brillaba suavemente bajo la luz de la cabina, y el hombre a mi lado ya no era un extraño atractivo que acababa de conocer —era mi esposo.
Algunos meses atrás, en esta misma posición, jamás podría haber predicho que estaría casada con el hombre que se sentó a mi lado en una butaca de avión. Y ahora, ahí estábamos nosotros, a punto de tener un hijo, a punto de adoptar otro, y con la perrita más amorosa del mundo.
Ginger había vuelto en jet particular con Oliver y Sarah haciendo el papel de niñeros. El resto de la familia también aprovechó el viaje elegante. Pero Nate y yo decidimos volver en vuelo comercial. Todavía no podíamos tener una luna de miel oficial —no hasta hacer la prueba oficial y tener la autorización de la médica— pero podíamos permitirnos un poco de nostalgia.
—¿Todavía con miedo de volar? —pregun