Las puertas de la capilla se abrieron, y lo primero que escuché fue el sonido suave del órgano resonando por las paredes de piedra. La melodía familiar llenó el aire, pero fue la visión frente a mí la que realmente me quitó el aliento.
Nate estaba parado en el altar, impecable en su smoking negro, las manos entrelazadas al frente del cuerpo, pero fue la expresión en su rostro la que hizo que mi corazón se disparara. Sus ojos verdes estaban fijos en mí con una intensidad que parecía capaz de detener el tiempo, una sonrisa suave jugando en los labios como si estuviera viendo un milagro suceder justo ante sus ojos.
—¿Lista, mi hija? —susurró mi papá a mi lado, ofreciendo el brazo con esa mezcla de orgullo y melancolía que solo los padres de novias logran demostrar.
Asentí, todavía sin poder apartar los ojos de Nate, y comenzamos nuestra caminata por el pasillo central.
Delante de nosotros, Ginger trotaba orgullosamente con una pequeña almohada de terciopelo sujeta al lomo, cargando nu