Mi corazón latía tan fuerte que estaba segura de que todos en la mansión podían escucharlo. Sostuve el ruedo de mi vestido con una mano y la correa de Ginger con la otra, caminando por los pasillos hacia la habitación donde Nate se estaba preparando.
Había guardado este secreto desde nuestro regreso de Buenos Aires, desde aquel momento en el baño del hotel cuando Zoey sostuvo la prueba en las manos. Lo que sea que aquellos tres minutos hubieran revelado, había decidido esperar hasta hoy —el día de nuestra boda— para contarle a Nate.
Ginger caminaba a mi lado, su correa decorada con una pequeña cinta blanca que Zoey había insistido en poner. "Si va a ser testigo del momento más importante de tu vida, necesita estar vestida apropiadamente", había dicho mi hermana.
Me detuve frente a la puerta de la habitación de Nate, respirando profundo. Del otro lado, podía escuchar a Oliver y Christian haciendo algún comentario sobre la corbata, seguido por la risa de Nate. Mi futuro esposo. El hom