Estaba concentrada en un informe sobre las métricas de ventas del tercer trimestre cuando sentí algo suave siendo colocado en mi cabeza. Miré hacia arriba y vi a Bianca parada al lado de mi escritorio, con una sonrisa traviesa en el rostro y las manos en las caderas, claramente orgullosa de su travesura.
—Bianca, ¿qué...? —comencé, llevando la mano a mi cabeza y sintiendo una tela afelpada.
—Gorro de Navidad —anunció con toda la pompa, como si estuviera presentando una obra de arte—. Te quedó perfecto.
No pude evitar reírme de su expresión satisfecha. Me quité el gorro y lo examiné: era de esos tradicionales, rojo con pompón blanco en la punta, probablemente comprado en alguna tienda departamental cerca de aquí.
—¿No está un poco temprano para esto? —pregunté, todavía riendo—. Apenas estamos en noviembre.
—¡Anne, mira allá afuera! —dijo con esa animación contagiosa que era su marca registrada—. Londres entero ya está en clima navideño. Hay árboles iluminados en cada esquina, las t