Zoey y yo volvimos a la fiesta con pasos determinados, nuestros brazos entrelazados en un gesto de solidaridad mutua que me daba fuerza con cada paso.
—¿Estás bien de verdad? —susurró Zoey, sus dedos apretando ligeramente mi brazo en una demostración silenciosa de apoyo.
—Estoy bien —respondí, sonriendo.
Fue cuando Henri apareció, emergiendo de un pequeño grupo cerca de la escalera principal y caminando en nuestra dirección con esa elegancia natural suya. Su expresión estaba levemente preocup