Me desperté dos horas antes de que sonara la alarma.
Dos horas enteras mirando el techo de mi apartamento en South Kensington, repasando mentalmente todos los escenarios posibles para la reunión de hoy. La mayoría de ellos terminaba conmigo, en el mejor de los casos, transferida al departamento de archivo en el sótano del edificio.
Me levanté de la cama a las cinco de la mañana y fui directo a la ducha, como si el agua caliente pudiera lavar la ansiedad que se había instalado en mi pecho desde