La mañana del alta de Matteo comenzó mucho antes de que saliera el sol. Había despertado varias veces durante la noche, verificando el reloj, contando las horas hasta el momento en que finalmente podría llevar a mi hijo a casa. Christian durmió inquieto a mi lado, igualmente ansioso, y cuando el despertador finalmente sonó a las seis de la mañana, ambos ya estábamos completamente despiertos desde hacía al menos una hora.
En el hospital, los últimos procedimientos parecieron durar una eternidad.