Mi propio cuerpo ignora las órdenes de mi cabeza; me he dicho mil veces que me aleje de Dominic, me he prohibido respirar porque su perfume ya se ha infiltrado casi hasta la médula de mis huesos, me he ordenado no mirar la línea de sus labios, su hermosa mandíbula, su piel, que con certeza es aterciopelada al tacto. Sin embargo, todo es inútil: soy incapaz de escucharme. Su voz se posa con mimo sobre mis pensamientos, sobre cada terminación nerviosa, adormeciendo el sentido del peligro. Quiero