Me pongo roja al instante; las mejillas me arden mientras el corazón se me desploma en un abismo de vergüenza.
—¿De s-s-su hermano? —pregunto por pura inercia.
Graymont arquea las cejas con fingida sorpresa, mirándome como si devorarme fuera poco.
—Sé que pasaste la noche en casa de Alex.
No escucho nada más que el zumbido en mis oídos y los latidos de mi propio corazón. Doy un paso atrás, y es un error, porque Dominic cruza el umbral del departamento de inmediato. En realidad, no tengo por qué