Dime que nada es cierto
Gabriel
Trago saliva cuando la pantalla de mi portátil se enciende. Con mano temblorosa coloco la memoria USB en el puerto de entrada y espero a que la computadora lo reconozca. Cuando lo hace, entro en la carpeta de dispositivos, abro la memoria y solo veo un archivo con el nombre de Anastasia en letras mayúsculas. Tomo una bocanada de aire antes de colocar la flechita del puntero sobre la carpeta y darle a la tecla de enter.
El sonido del teclado se mezcla con el timbre de mi teléfono, provocando que mi ritmo cardiaco se acelere. Hago a un lado el monitor para revisar el teléfono, tengo una llamada entrante de un número desconocido. Dudo en contestar un segundo, pero a la final termino deslizando el dedo en la pantalla para abrir la llamada.
—Buenas noches, diga —contesto con voz neutra, sin mostrar ninguna emoción.
—¿Gabriel? —Una extraña calidez me recorre al escuchar la voz familiar—. ¿Eres tú? —Siento como si hubiera estado colgando de una soga enrollada