Esa mañana de Miami se presentaba brillante y calurosa.
Un automóvil negro de lujo se detuvo en las afueras de un edificio de departamentos.
La puerta del vehículo se abrió y una mujer emergió. Su figura era elegante, cubierta con un sombrero de ala ancha que ocultaba parte de su rostro, y una gabardina que se mecía con cada paso decidido hacia la entrada de uno de los departamentos.
Tras tocar el timbre. María, con rostro cansado, abrió la puerta al instante.
—Señora Fiorentino, no esp