El aroma de su colonia casi la abrumó. Pero, de repente, su mente se aclaró.
No. No podía hacer eso.
«¡No… eso no!». Lo apartó de un empujón. «Yo… ¿estaba pensando que quizá podría trabajar para ti? ¿Ser… una empleada doméstica en tu casa o algo así? Podría trabajar gratis hasta saldar la deuda.
—Uf —se burló Will—. En mi casa hay un equipo de los mayordomos y cocineros mejor formados. No te necesito para eso. Hay… otras formas en las que podrías servirme —sugirió.
—Creía que habías dicho que n