Nathaniel no retrocedió, pero la línea firme de su boca se volvió inflexible de golpe. Con esa compostura implacable que me daba ganas de tirarle un zapato a la cabeza, retiró suavemente mi mano de su solapa.
—No, Scarlett. No me dejo llevar —dijo con esa voz tranquila que sonaba como un juez dictando sentencia—. Soy un hombre casado. Le di mi palabra a mi mujer en el altar, y no soy alguien que rompa sus promesas.
Sostuve su mirada de hielo, buscando el menor destello de mentira, una fisura