Si el espejo pudiera hablar, habría gritado de envidia.
Me miré de arriba abajo una última vez, ajustándome el escote. El vestido era una obra de arte en seda negra: corte asimétrico, la espalda al descubierto hasta donde la decencia lo permitía y una abertura en la pierna izquierda tan peligrosa que debería haber venido con una advertencia del Ministerio de Salud. Entre las joyas heredadas de la era victoriana y los peinados tiesos de las damas de la alta sociedad de Boston, yo no era simple