El pecho me ardía como si hubiera tragado brasas encendidas. Su mano seguía sosteniendo la mía con una calidez tan pura que me daba ganas de salir corriendo y lanzarme por la ventana del piso treinta.
—¿Amigos? —pregunté con la voz temblorosa, intentando procesar la palabra mientras la culpa me devoraba por dentro—. ¿Solo... amigos?
Nathaniel me miró a los ojos, y la franqueza en su rostro fue un golpe directo al estómago.
—Hay mucho más que eso, Scarlett —dijo con una suavidad transparente