El vuelo de regreso a Boston fue una tortura a diez mil metros de altura.
Atrás había quedado la habitación del hotel, los paños húmedos sobre mi frente, el termómetro en la mesa de noche y la visión desgarradora de Nathaniel durmiendo en una silla por cuidar de mí. Durante la reunión de la mañana, Nathaniel había sido una máquina implacable: cerró la firma del contrato multimillonario del proyecto de expansión en menos de dos horas, intimidando a la junta de inversores con su brillantez ha