El dolor físico de la rodilla no era nada comparado con la vergüenza que me abrasaba el alma. La escena del vómito, los sollozos borrachos, la bata gigante... Me sentía ridícula. Sentía que Nathaniel me veía como a una criatura patética a la que había que compadecer y cuidar, no como a una mujer deseable. Él estaba a años luz de caer por mí de la forma en que yo deseaba.
Por eso, cuando regresamos del hospital con una férula ligera y la indicación de descansar, tomé una decisión desesperada.