El Dr. Franklin, un hombre de unos cincuenta años, se ajustó las gafas y levantó la cabeza para encontrarse con la mirada desafiante de Arianna. A él no parecía molestarle su insolencia; de hecho, parecía anticiparlo.
—Sra. Tanner, la situación de tu tío es bastante singular. No requirió mi aprobación para irse, y ni siquiera se nos concedió la autoridad para terminar su tratamiento.
—¿Entonces te estás eximiendo de responsabilidad? —Arianna respondió, entrecerrando los ojos hacia él.
—Sr