Connie había aprendido desde niña a guardar sus sentimientos, a comportarse dura y fría como si en verdad no le importara nada. La vida le enseñó que, en el mundo, en su mundo, solo sobrevivirían los más fuertes.
—“¡No llores! Llorar no te va a servir de nada, cuando tengas ganas de llorar sonríe haz como si lo disfrutaras y verás que cuando te paguen se te olvidará porqué querías llorar “— Le decía su madre cada vez que lloraba suplicando que no dejara que sus clientes la tocaran.
—¡Lárgate!