— ¡Qué delicia! escucharse a sí misma tan escuetas y lujuriosas palabras resonando en sus oídos, le produjo repentinamente deseos de desaparecer. Cómo podía ella soltar esas palabras de deleite y emoción.
La actitud de Victoria exhortó a Adrián a seguir y se aventuró a chupar con fiereza el cuerpo sensible y caliente que lucha cada minuto por recuperar el aliento, pero aquel castigo del infierno aún no termina, porque Adrián arremete con más ímpetu tocando el hinchado botón que reclama a grit