Augusto:
Viktoria desliza su mano por mi pierna, y yo ruedo los ojos, molesto.
— Ya dije que no.— mascullo.
Ella hace un puchero y se retira, recuperando su asiento.
— Es evidente que no es el tuyo, hermana.— comenta la rubia subida sobre las piernas del árabe.
Ella y su esposo parecen incapaces de dejar de tocarse y besarse uno al otro. La expresión de Viktoria se torna aún más ácida, el mesero me llena el vaso de vodka otra vez.
—Más—exijo, bebiendo todo de un trago, y le ordenó que lo