(Narra Kat)
La impresión que me dio ver la daga introducida en mi vientre no se quitaba cerrando los ojos. Ni siquiera pude sacarla, porque al intentarlo por poco me desmayo. Así me encontró Nat, en el suelo y llorando desconsolada.
—¿Eres tan tonta? Por favor. —puso los ojos en blanco y se arrodilló junto a mí.
En un movimiento con su mano, extrajo el puñal que estaba bañado en sangre.
El dolor era muy agudo, como si tuviera vidrios dentro de mi estómago y eso hacía que la impresión subiera a