Capítulo XVIII. Camino al palacio de Casiopea.
Ruyman.
Sabía que tenía que despertar a Andrómeda, ya habían pasado la hora y media de más que le había exigido a las azafatas que le ordenaran al piloto que volara antes de aterrizar en Chicago, y todo y cada uno de esos minutos, había sido bien aprovechado.
En mi memoria tenía grabado cada gemido, cada temblor, incluso cada movimiento impaciente de la diosa esclava. No quería analizar que era lo que me había ocurrido, mientras la hacía mía, pero sabía que no había sido una más, quizás por es