- Y nadie cuestionó tu embarazo, ¿verdad? – preguntó Ben.
- Acerqué un poco la barriga. - Ella rió. - Me da un dolor infernal en la columna.
- Ben, tu comida es maravillosa. Simplemente no es mejor que el de Salma.
- ¡Descalificado! Me sacó la lengua.
Sonó la campana. Nos miramos, sorprendidos.
- No quiero compartir la comida. – Salma miró las cacerolas, temiendo que no se repitiera.
- Es que no ofrecemos. - Sugerí.
- ¿Y si es Sebastián? ¿Ofrecemos o no? - Ben estaba en duda.
- Sí, es mi herman