Los minutos manejando hasta Kiseemmee fueron bastante tranquilos, de hecho ninguno de los dos levantó la vista de la carretera, no intercambiamos palabra alguna y cuando intenté encender la radio no funcionaba.
Vaya suerte de mierda.
El silencio tan abrumador y la incertidumbre estaban haciendo que mis hormonas lucharan entre ellas y me provocaran mal humor aunque nadie había hecho nada, y quizás ese era el motivo.
O simplemente era incómodo que él decidiera acompañarme o protegerme sin queja