Desperté entre la calidez y el dulce aroma de un perfume que está regado en todo mi ser y me tiene delirando. Al abrir los ojos y acostumbrarme a la luz, sonreí al ver a Emma viéndome fijamente aún estando a mi lado. Me acerqué más a ella, quedando nuestros rostros a tan solo centímetros. Podía fácilmente hasta robar sus labios, pero no podía dejar de mirar sus ojos brillosos y hermosos.
—Hola, dulzura mía.
—Hola, bizcocho mío — sonrió ladeado—. Me quedé dormida cuando te fuiste.
—Sí me di cuen