Tomaba una siesta cuando uno de esos engendros vino a tocar mi puerta. Al levantarme de mala gana, me sorprendí al ver a Alejandro, cuya expresión mostraba asombro.
—¿Y esa cara? ¿Qué te trae aquí a esta hora? —pregunté, frunciendo el ceño.
—¡Ehy! Son las seis de la tarde. Ven, mira aquí.
—¿Qué cosa? —respondí, intrigado.
Me mostró su laptop, donde había un video de un coche corriendo a toda velocidad, esquivando todas las cámaras de seguridad como un maldito profesional. Me sorprendió que algui