Alana sintió un escalofrío recorrer su espalda mientras el tono de Izan cambiaba, cada vello de su cuerpo se erizó y su corazón latía con fuerza contra su pecho, como un pájaro atrapado en una jaula de oro. La belleza del castillo ahora parecía empañada por una sombra sombría.
—¿Qué estás diciendo, Izan? — pregunta mientras se aferraba a la llave en su cuello, como si fuera su única esperanza en medio de la oscuridad que se cernía sobre ellos —, no entiendo lo que dices.
Izan sonrió con malicia